domingo, 3 de abril de 2016

#7

Eva mordió la manzana y sembró el pecado original.
Pandora abrió la caja (o la tinaja) y escaparon de su interior todos los males del mundo.
Circe, (hada maligna que no sentía simpatía por los hombres) transformó en cerdos a la tripulación de Ulises (aunque luego se enamoró de él).
Medusa era un monstruo femenino, con la cabeza llena de serpientes y una mirada petrificante.
Las sirenas, seres mitad humano mitad pájaro que con su canto irresistible atraían a los navegantes hasta las rocas para así darles muerte.
Fedra, que quiso acostarse con su hijastro y tras no conseguirlo lo acusó de violación y se suicidó. De esta forma, siguió molestando a los que quedaban en vida una vez muerta. Porque realmente no podía ser de otro modo; porque como hemos visto con estos ejemplos dados a lo largo de la historia, las mujeres y el mal van de la mano. Una construcción creada en base a la idea del hombre como dueño y efector del poder, pero poder en sentido literal: poder, de poder hacer. Como resultado, esta idea de hombre va acompañada de una idea de mujer cercana al mal, y a la idea de 'no poder'; aunque en el caso de que dicha mujer haga algo que el hombre normalmente haga, ésta será castigada.

            Cómo hemos visto en los ejemplos iniciales, la idea de mujer y mal parecen tener una estrecha relación, pero no sólo de la historia del mundo clásico bebe esta idea de la mujer como fuente del mal. Se debe añadir otra inquietante figura más antigua, de una cultura anterior y más lejana del mundo occidental, en contra de los prototipos femeninos que acaban de ser nombrados. Dicha figura procede de las aportaciones de la cultura judía.[i]

            Las figuras femeninas de la literatura judía se basan en las mujeres descritas en la Biblia. Generalmente, observamos que son mujeres que se pasan el día en casa, es decir, se tratan de amas de casa entregadas a su amado marido en cuerpo y alma, y sometidas a la voluntad de sus familias. Una representación no muy feminista y basada en una sociedad patriarcal. Sin embargo, esta no es la única representación que podemos observar. La literatura judía posee, también, una figura de mujer inquietante y con actos de grandes repercusiones. Un ejemplo representativo de esta tradición es Lilith (la segunda mujer de Adán): según unos, es un demonio femenino y seductor, y según otros, es una especie de fantasma que chupa la sangre de sus víctimas. Es considerada una mujer capaz de seducir y engañar a los hombres, por lo que generalmente causaba mucha antipatía y era juzgada como peligrosa.   

            Siguiendo con lo anterior, en la mayoría de las culturas antiguas, las mujeres peligrosas (consideradas de esta forma porque se salían de la norma establecida, -el no poder-) estaban relacionadas de uno u otro modo con la brujería, y se las tacha de hechiceras. Otras, por cometer los mismos actos que los hombres -no poder- son condenadas a vivir una vida de vergüenza y rechazo (véase Hester Prynne en La letra escarlata de Nathaniel Hawthorne). Como vemos, cuanto más analicemos y más profundicemos a lo largo de la historia, siempre encontraremos esta idea (bueno, con algunas esperanzadoras excepciones) de el poder (hombre) y el no poder - mal (mujer).

            Pero, ¿por qué esta representación de la mujer? Centrémonos en nuestro caso de estudio: Fedra.  En El amor de Fedra encontramos un personaje femenino bastante dependiente, aunque se trate del personaje que mueve la acción y hace que avance la obra, esta acción viene motivada por otro personaje: Hipólito. Se trata de un personaje a su vez pasivo, sin ganas de vivir, aburrido. Representa un carácter lleno de dolor y angustia que trata de llenar a través del consumo y el sexo (como imagen representativa tenemos el inicio de la obra: Hipólito rodeado de cosas, comiendo hamburguesas y masturbándose con un calcetín). En cambio, él tiene el poder, aunque este no le satisfaga. Ha tenido una larga lista de relaciones sexuales, aunque está insatisfecho (quizá sea simplemente por el hecho de la acumulación, de la rutina, que pierde la novedad y la exaltación de la emoción primera). Sin embargo, él puede hacerlo, porque es príncipe y hombre, no se le niega ni echa en cara nada. Por el contrario, si Fedra tuviese ese mismo comportamiento, no sería tratada de igual manera, a pesar de ser reina, pero mujer. Ella no tiene el poder. Entonces observamos una distinción de géneros, y a su vez, el uso de la sexualidad como distinción entre ambos, dando superioridad a uno frente a otro.

            Continuando con la historia, Fedra va en la búsqueda del amor de Hipólito, pero sólo encuentra su rechazo. Esta acción, rechazo y reacción, desencadena una serie de sucesos que representan la tragedia, activada por la venganza de Fedra frente a este desprecio. Fedra se suicida, pero deja una nota acusando a Hipólito de violación, desencadenando una serie de escenas grotescas, barrocas y orgánicas, en las que encontramos sexo, violencia, e incluso escenas que podríamos encontrar en una película gore. De nuevo se hace uso de la sexualidad para tratar de impresionar, de apelar al lector. Pero no nos sorprende, no nos incomoda, no nos duele, no nos afecta, ya no. De este modo, Sarah Kane, hace referencia a la sociedad del espectáculo en la que estamos inmersos, una sociedad deshumanizada, en la que ya nada nos impresiona ni nos conmueve, simplemente somos voyeurs de lo que está pasando, de la violencia, del sexo, del poder.



[i] La mujer como fuente del mal; el maleficio: María-Helena Sánchez Ortega, 1991.

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