Daño.
Dolor.
Dolor.
Daño.
Tú que haces.
Y yo qué causo.
Somos humanos, y como tales, tenemos miedo.
Miedo,
esa sensación ante lo desconocido, que dispara nuestros niveles de adrenalina, que agudiza los sentidos.
Miedo.
Tenemos miedo a estar solos, a ser olvidados, a fracasar, a que nos traicionen, a que nos aplasten. A ser olvidados, olvidados.
Pero sobretodo,
tenemos miedo a la muerte.
¿O no?
Y al qué viene después,
¿o no?
Una cuestión que me tortura constantemente es la de la muerte. Y la de la vida, vaya, que van de la mano. Desde el momento en el que nacemos, empezamos a morir.
Empezamos. A. Morir.
Si lo piensas, nada tiene sentido entonces. Todo se resume en una cuenta atrás. En esperar, esperar, y esperar.
Un año más,
o un año menos.
¿Para qué vas a luchar si al final te van a olvidar? ¿Para qué esforzarse en construir una vida que se va a acabar? Sin importancia, irrelevante, trivial.
Quizá sería mejor que nos educaran sin el conocimiento de la muerte. Que nos creyéramos invencibles, inmortales. Con la creencia de que cualquier cosa que hagamos nos permitirá seguir existiendo, por lo tanto, arriesgaríamos, viviríamos, seríamos felices.
La muerte no nos acecharía, porque no existiría en nuestra consciencia. No tendríamos miedo.
Dicen que el daño es evitable, que es la dimensión humana del mal. No comprendo, ¿la muerte es mal o daño? Podría ser daño si mueres de un accidente de tráfico por haber bebido alcohol y conducir. Podría haberse evitado. Pero puede ser mal cuando mueres porque tu cuerpo ya no puede más, porque ya has vivido tanto tiempo que tu corazón se ha cansado de bombear. No se puede evitar, entonces, ¿es mal? Es la naturaleza, es la biología, estamos determinados a morir, estamos construidos así. En cualquier caso, podríamos afirmar que esa persona que murió en un accidente de tráfico por haber bebido, iba a morir tarde o temprano. Entonces, ¿es mal?
Recuerdo un tipo de dolor que solo puede ser causado por la muerte. El cáncer.
Cáncer, ¿fuiste daño o fuiste mal?
Te recuerdo a ti, en aquella camilla del hospital.
Hospitales,
destructores de sueños y matadores de esperanzas. Pasaba el tiempo, y me limitaba a ver caer una a una las gotas en el catéter, conectado a tu frágil brazo, esperando. Esperar, solo queda esperar. El último suspiro, el último latido.
Los segundos se convertían en horas, y los minutos en días. El cielo se cubrió con su pijama de estrellas y su gorro de luna, y yo solo deseaba salir de allí, contigo. Esto ya no formaba parte de la vida, era la constante cuenta atrás acentuada, sufrimiento, dolor y oscuridad. Que te iba consumiendo por dentro. Que te consumió por dentro.
Sin embargo, jamás olvidaré el daño que puede llegar a causar el ser humano. Y el miedo que me da, que todos somos humanos. Tenemos consciencia, ADN humano, memoria, recuerdos, capacidad para pensar, somos humanos, (somos iguales). Me asusta que de un modo u otro, podemos causar el mismo daño.
Auschwitz, Septiembre 2013.
Una experiencia que hay que vivir, pero que no volvería a repetir.
El mundo se te viene encima con solo recordar lo que allí pasó no tanto tiempo atrás. Casi puedes visualizar a los judíos tratando de dormir en las barracas. Casi puedes oler la carne quemada. Casi puedes sentir la desesperación.
Te hace darte cuenta de lo complicadas que somos las personas.
Un florista puede pasar toda su vida inadvertido, en su tienda de flores, con su familia. Irrelevante para el resto del mundo.
Sin embargo, un pintor fallido puede ser recordado por crear el genocidio más inhumano a lo largo de nuestra historia.
Y ser recordado siempre.